Como un violinista en el tejado

La pasada semana, llegué a una conclusión: a pesar de que sus hijos los odian, muchas familias adoran los exámenes y las notas numéricas. 

Los padres tienden a creer que, cuando los profesores evalúan sin examen, califican de manera subjetiva: si este alumno me cae mejor, le pongo mejor nota; mientras que si aquél me cae peor, le pongo una nota más baja. 

Llegados a este punto, y habiendo empleado ambos verbos intencionadamente en el párrafo anterior, creo que debemos tener claro que “calificar” y “evaluar” no es lo mismo. “Calificar” es poner un numerito en un boletín, mientras que “evaluar” consiste en cerciorarse de que el alumno está aprendiendo lo que nos habíamos propuesto. Dicho así, da la sensación de que, si hubiera que elegir, lo segundo es bastante más importante. Seguramente preferiremos que nuestros hijos estén preparados para poder ser felices en el mundo en el que les tocará vivir a que tengan un papel que diga que han aprobado unos exámenes.

En cualquier caso, la buena noticia es que no hay que elegir. Es posible enseñar a nuestros alumnos, asegurarnos de que aprenden y poner un número más o menos objetivo en sus boletines. 

¿Cómo? Comenzaré por responder cómo no. Soltando un rollo, esperando que nuestros alumnos reconstruyan ese rollo a partir de las notas que hayan tomado y de la información del libro de texto y vertiendo el resultado en el examen. Con esta metodología sólo conseguiremos comprobar que el alumno en cuestión tiene una buena memoria a corto plazo. Me gusta (y me entristece) el calificativo que muchos autores dan a este tipo de educación, “bulímica”, pues poco después del examen muchos olvidan absolutamente todo (incluso que han hecho un examen).

Entonces, ¿cómo? Haciendo que los alumnos sean el centro de su propio proceso de aprendizaje mediante la implementación de metodologías activas y evaluándoles y calificándoles con rúbricas de evaluación, autoevaluación y coevaluación (de manera que sepan qué es exactamente lo que les pedimos y formen parte del proceso evaluativo) y empleando el portfolio o el ePortfolio (su versión mineralizada y supervitaminada). 

Un portfolio es un compendio de los trabajos llevados a cabo por un alumno a lo largo de un tiempo determinado (uno o varios cursos) que le permiten ser consciente de su evolución, al incluir también sus reflexiones acerca de su nivel de trabajo, de su aprendizaje y del planteamiento de las actividades propuestas por el docente. Sin duda, el portfolio es una de esas joyas de las que disponemos los educadores para asegurarnos de que estamos  EVALUANDO y CALIFICANDO, en mayúsculas. Y de manera mucho más objetiva con un examen, al incorporar más voces al proceso.

En definitiva, la actitud de muchos padres (y de muchos docentes) me recuerda una frase de El violinista en el tejado, de Norman Jewison: “Sin todas nuestras tradiciones, nuestra vida sería algo tan inseguro como un violinista en el tejado”. En fin, dejemos de aferrarnos a aquello que no está bien, por muy tradicional que sea, y asegurémonos de que las siguientes generaciones son un poco más competentes que la nuestra. Evaluemos, califiquemos y, sobre todo, ayudemos a aprender.

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